Bailar solo no existe. La tierra y yo: este es el dúo inicial; si otro participa, somos tres, Aunque pensándolo bien, somos cuatro; yo y mi tierra, el otro y su tierra.
Hacía tiempo que bailaba jazz, una danza puramente coreográfica y pautada, cuando una amiga me habló del contact improvisation. En ese momento pensé ¿Cómo se puede tocar a gente que uno ni conoce? ¿Qué puede haber de bello en eso de moverse como a uno se le antoje? Estos prejuicios y mi fanatismo por la danza jazz me mantuvieron ignorante de este fenómeno que se estaba gestando desde la década del ’70 en los Estados Unidos y que estaba creciendo en Buenos Aires hasta que un día, a mediados de los 90 conocí a Dany Trenner, quien desde 1988 venía una vez por año a dictar seminarios de esta técnica y por sugerencia de quien entonces era mi terapeuta concurri a sus clases. Fue una revelación. Después de un entrenamiento intensivo durante un fin de semana (fueron dos sesiones de seis horas cada una) algo había cambiado dentro de mí. Intuí que sería para siempre.
El profesor tiraba consignas, muchas difíciles de seguir, pero no importaba. Frente a cada situación imprevista siempre surgían muchas más posibilidades de resolverlas de las que mi pensamiento racional consciente podía imaginar. Si agudizaba mis sentidos mi cuerpo encontraba por dónde seguir. Bailar contact se iba a transformar en una necesidad aunque todavía no sabía por qué.
No sabía si trataba de una técnica de danza, de expresión corporal o un deporte acrobático y sin que me importase demasiado me metí a jugarlo. Cuando me tocó escribir sobre la experiencia en la revista Uno Mismo, investigué un poco más y así supe que el contact improvisation es una disciplina versátil que se considera un arte-deporte basado en las leyes físicas del movimiento: gravedad, inercia, fuerza centrífuga. El cuerpo nunca es estático aunque esté en una aparente quietud. En realidad, las vértebras están constantemente haciendo movimientos imperceptibles de ajuste para posibilitar que el esqueleto se mantenga erguido a pesar de la gravedad; este proceso trae consecuencias en el cuerpo y en su modo de moverse, que se ven de un modo claro en cada danza bailada a dúo. Aunque no hay una técnica única para aprender el contac, ya que no se trata de repetir movimientos formales, es necesario un entrenamiento que incluye un trabajo de concientización del funcionamiento orgánico y sensorial de nuestro cuerpo. En el contact los bailarines son la danza.
En el jam se ven los improvisadores. Para bailar esta danza no se necesitan escenarios. Los que concurrimos al jam del Magic, un gimnasio de Belgrano, encontramos allí un lugar donde investigar no sólo el movimiento sino también una nueva forma de comunicación. La autogestiónes lo que lleva adelante este proyecto iniciado hace cinco años por un grupo de gente motivada por las ganas de reunirse a danzar el contact hasta su máxima expresión.
Fue Vivi Tobi, integrante del primer grupo que recogió esta iniciativa, quien me invitó a asistir a estos encuentros bisemanales. El Jam del Magic fue el lugar de encuentro de más de 300 contacters, durante los primeros momentos del contact en Buenos Aires, acudí desde 1995 al 2000. Los participantes sostenemos, con nuestra contribución, el alquiler de los espacios que hoy son ocupados los miércoles de 21:30 a 23:30 y los sábados de 20:30 a 22:30. Allí asisten personas que hace tiempo que dominan este lenguaje, así como recién llegados -como yo- aunque generalmente todos venimos de formaciones previas en lo corporal. Cualquiera que haya hecho ballet, danza contemporánea, yoga, expresión corporal, deportes o artes marciales se sentirá a gusto en este lugar, en el que un practicante antiguo puede llegar a entenderse muy bien con un recién llegado, y donde un bailarín alto y pesado puede armonizar perfectamente sus movimientos con alguien más pequeño. No es el tamaño de los cuerpos ni la experiencia lo que importa, ya que cada danza es única y posibilita desarrollar nuevas formas de moverse. Sí es importante tener un mínimo de seguridad y de control muscular del propio cuerpo para evitar las caídas abruptas. Mediante la práctica, los bailarines vamos logrando incorporar un sutil estado de alerta que se logra poniendo en movimiento los sentidos. Esta experiencia comunitaria, similar a la de otros grupos de contact en el mundo, asume características propias de nuestra porteña forma de ser, según cuentan quienes visitaron los jams de Nueva York.
Y así, sin buscarlo, pude hacer muchísimas modificaciones, que aparecieron como consecuencia natural. como un efecto no esperado. En la práctica del contact, todas mis energías estaban puestas en seguir las fuerzas que impulsan a mi cuerpo a moverse. Poco a poco fui aprendiendo a escuchar la invitación de otro cuerpo moviéndose cerca de mí, y a improvisar una danza común. Más tarde descubrí que en el contact no hay disociación cuerpo-mente. El cuerpo no es el medio de comunicación
Bailar solo no existe. La tierra y yo: este es el dúo inicial; si otro participa, somos tres, Aunque pensándolo bien, somos cuatro; yo y mi tierra, el otro y su tierra.
Una metáfora de vida
No creo que sea casual que el contact se haya mantenido hasta ahora al margen de las disciplinas corporales llamadas alternativas, ya que no se buscan logros terapéuticos.
Ninguno de los maestros que conocí me dijo jamás que debía soltar mis emociones, liberarme, ni expresar mis sentimientos puesto al servicio de la interpretación de un mensaje emotivo o psicológico, ni expresar mis sentimientos, razón por la cual me encontré cómoda sin la obligación de bucear en mi interior si no tenía ganas de hacerlo.
Y así, sin buscarlo hice muchísimas modificaciones que aparecieron como consecuencia natural, como un efecto no esperado. En la práctica del contact todas mis energías estaban puestas en seguir las fuerzas que impulsan a mi cuerpo a moverse. Poco a poco fui aprendiendo a escuchar la invitación de otro cuerpo moviéndose cerca de mí y a improvisar una danza común. Más tarde descubrí que en el contact no hay disociación cuerpo mente. El cuerpo no es un medio de comunicación puesto al servicio de la interpretación de un mensaje emotivo o psicológico, ni el instrumento para interpretar una historia o la coreografía inventada por otro. Al bailar contact, nada me es ajeno. Ni aun la propuesta de mi compañero, ya que aprendo a tomar la, seguirla o rechazarla teniendo en cuenta mi comodidad. Lo maravilloso es simplemente experimentar la belleza del propio cuerpo moviéndose, llegando a niveles de destreza inesperados. Y si bien la finalidad del contact no es terapéutica, podemos valernos de su metáfora para conocer a fondo nuestra personalidad.
El cuerpo porta nuestras características psicológicas y con sus gestos expresa lo que muchas veces no decimos con palabras.
Generalmente después de bailar nos ponemos a comentar lo que nos pasó durante la danza y tratamos de poner en palabras cuáles fueron las emociones que identificamos durante el movimiento.
Hablamos de la forma de entregar el propio peso, de sostener al otro, de seguir los impulsos, de escuchar el llamado de otro cuerpo y muchos de esos descubrimientos se vuelven metáforas de nuestras actitudes en el orden relacional.
¿Me desplomo sobre el otro, lo aplasto, o no me animo a entregar mi peso por temor a lastimarlo? ¿Temo que no me pueda sostener dejándome caer, no le aviso que voy a subirme y lo hago cuando no está preparado para recibirme, o yo no estoy preparada para soportarlo y aun así lo dejo que suba para no rechazarlo? Es común que, al empezar a bailar, nos pase algo de esto, y así es como se lastima el cuerpo y la danza parece frustrante.
A medida que practicamos, vamos consiguiendo despejar estos miedos que dificultan la comunicación y logramos que aparezca una danza más pura y libre conformada por una sucesión de decisiones instantáneas, respetando el aquí y ahora del cuerpo.
Es una danza espontánea, sin forma, pero también refinada, marcada por la pura inteligencia del movimiento.
En las situaciones de riesgo, el cuerpo es mucho más rápido que el pensamiento. Y se busca que este sea el lenguaje permanente durante el baile.
A veces pienso que, si trasladamos todo este aprendizaje a la vida cotidiana, seguramente lograríamos despojarnos de muchos de los obstáculos que traban nuestro crecimiento. Aprender a estar solos, a buscar compañía, a aceptar las propuestas diferentes, a decir no, a unirnos, a confundirnos con el otro y a separarnos de un modo no violento
Así logramos encuentros más libres, aireados y comunicados por un diálogo íntimo, pero conservamos nuestra singularidad. Nos damos cuenta de que, si actuamos de este modo con las personas que nos rodean, con nuestra pareja, con nuestros compañeros de trabajo y con los amigos, seguramente nuestras relaciones se verán mejoradas. Logramos experimentar el placer de brindar apoyo, y aprendemos a negarlo cuando no estamos en condiciones de ofrecerlo. Sabemos hacernos un lugar y desarrollamos nuestra mirada para saber adonde ir.
Nota publicada en Uno Mismo, hace mil años, otra vida
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