¿Cómo puede ser que no vayas a la peluquería?

13/13/2013

La oficina tomada de papá, el vuelo perdido con mamá.

Mis padres vivían, o ya habían muerto, pero seguían presentes para esas ocasiones en que la necesidad de ayuda se me hacía imperiosa. Quisiera olvidarlos, hacer como siempre, empezar a funcionar. Soy madre y esposa full time, trabajo desde casa, freelance, pero con una continuidad que me da estabilidad. Sin horarios impuestos desde una corporación aprendí a organizar el tiempo para poder cumplir con todo, gestiono los horarios de la familia, tengo la cena lista, los desayunos, la heladera llena, el manejo de mi herencia lo delegué desde el día uno en mi marido, confío en él, solo no entiendo muy bien por qué siempre estamos cortos de plata si entre los dos ganamos los suficiente. ¿Se guardará sin decirme?, dudo sin llegar a la soscpecha, no puede ser, descarto la idea, este hombre sería incapaz. Ya vendrán tiempos mejores. Debe ser lo normal para una familia de clase media, con hijos.

Consagrada como ama de casa, pienso que mi mamá estaría orgullosa de mí. Mi papá, en cambio, no permitiría que pase necesidades. ¿Cómo puede ser que no vaya a la peluquería, cómo ando con esa cartera toda gastada, y la ropa sin combinar? Andá, tomá la tarjeta, comprate, sé que me diría, ¿por qué a mi marido no le importa? Si mis padres creyeron en él, se lo encargaron antes de irse: cuidá a nuestra hija. Ay, si supieran, tengo que ser fuerte, guardar mis lágrimas, callar, disimular, hacer como que tengo el mejor marido del mundo. Yo puedo, soy valiente, soy feminista, la igualdad y coso. Elegí un tipo sencillo, honesto, buen padre, me debo estar quejando por costumbre, ser adulto es otra cosa, es darlo todo por tus hijos, ahora a ellos les toca vivir. No pensás en el futuro, no imaginás que cuando crezcan quizá cambie todo. Te van a odiar igual. Por detalles, esa palabra que dijiste sin saber, ese día que faltaste al partido, la vez que te vieron enojada con su papá. Todo será tu culpa. Sentir está prohibido cuando se trabaja como mamá.

Por alguna razón que no recuerdo bien, si tenía que ver con el trabajo o con el estudio, ese día tenía que volar a Alemania. El detalle es que lo recordé recién una hora antes de la partida. No había hecho las valijas, no tenía el pasaporte a mano y apenas llevaba un papel con la reserva del pasaje. Generalmente se debe llegar al aeropuerto tres horas antes de volar. En ese momento fue cuando llamé a mi vieja. “Tengo que salir de viaje, me voy al aeropuerto ya mismo, por favor alcanzame todo.” Tomé el primer taxi y en el Aeropuerto Internacional me encontré con una fila interminable de pasajeros que intentaban hacer el check in. Uno de los últimos lugares lo ocupaba Séfora, mi amiga de la infancia, que regresaba de París, donde vive desde hace años. Alcé la mano y la saludé de lejos prometiendo una visita y enfilé apurada hacia el mostrador de la aerolínea. “Perdón no me estoy colando es que pierdo el vuelo”, aclaré mirando a los primeros de la fila. El despachante con exagerada parsimonia se negó a embarcarme. Me dijo que como no tenía el pasaje, y todavía faltaba imprimirlo y que los demás pasajeros esperaban su turno ya no me daría el tiempo para hacer migraciones y además la valija no podría despacharse cuando la trajeran si el pasajero o sea yo no estaba presente. No mostraba mucha voluntad de saltarse las reglas para facilitarme el camino. A él no le importaba que mi mamá estuviera al llegar pronto. Me aconsejó tomar el vuelo siguiente que saldría dentro de seis horas, pero perdería la conexión en Frankfurt con el siguiente tramo hacia mi destino final, un pequeño pueblo en las afueras de Sajonia.

¿Qué iba a hacer cuando llegara sola, sin el grupo con el que tendría que haber viajado? No conocía el lugar, apenas hablaba alemán como para decir buenos días y pedir un taxi hacia el hotel, ¿pero dónde quedaba el hotel? Era una locura, lloraba sin lágrimas, no sentía mi cuerpo, quién era esa loca llamando la atención frente a la indiferencia de un montón de gente que sabía hacer bien las cosas, no como yo, un ánima errante desencarnada pretendiendo ser alguien capaz de subirse a un avión en un aeropuerto. ¿A quiénes dejaba atrás? ¿Y por qué nadie venía a despedirme? No sonaba mi teléfono, pero debía de estar viva porque sonaba fuerte algo en mi pecho, plop plop, plop, plop. Como un inflador de goma, ese que tienen los tensiómetros de antes que lo apretás con la mano y va pasando el aire por un caño de goma hasta un brazalete de plástico atado en tu brazo y se va hinchando y te va apretando fuerte y así el médico lee el relojito del aparato y te dice cómo estás de presión. Plop plop plop, mi corazón late gomoso, fuerte y apretado. Debo estar viva aún. Ese indicio me mueve a seguir intentando cumplir la misión: abordar el vuelo según lo programado. Mientras tanto, Nidia venía llegando con mi valija, dólares y quizá algún taper con comida para el viaje. Esa era mi mamá.

A la oficina de Córdoba 766 la conocí por casualidad, había quedado, por alguna razón que todavía no comprendo, fuera del legado de bienes que me dejó papá al morir. Solo que en este sueño él vivía, pese a haber muerto y sostenía era la última propiedad que no había heredado, pagando sus impuestos, gastos y cuenta de teléfono, puntualmente, siempre había sido muy cumplidor de los plazos y los deberes. No tenía deudas de ningún tipo, jamás.

Alguien me preguntó qué pensaba hacer con esa oficina y así fue que me enteré de su ubicación. Entré una tarde en pleno febrero del centro y pregunté cuál era a una empleada de una oficina con puerta de vidrio. Nadie conoce al dueño. Debés estar hablando de la 3. Fijate la puerta, suele estar abierta. A veces viene un señor mayor, pero la mayor parte del tiempo no se ve entrar a nadie. Reconocí el número 3 en la puerta entreabierta, la empujé apenas y se abrió por completo. Había un hall pequeño que daba paso a mi gran último ambiente penumbroso. Un escritorio y un teléfono viejo, todavía de esos con disco para girar los números, las paredes rugosas grises, un cuadro con algún título honorífico que no alcancé a ver, pero en el que reconocí el nombre de mi padre. Supe después que no era él quien venía a ver, era un amigo al que siempre había ayudado, lo había contratado como secretario y solía quedarse unas horas para atender llamados que rara vez ocurrían y para ordenar la correspondencia que nunca llegaba. Custodió durante años rigurosamente su rutina hasta que un día simplemente había dejado de asistir. No lo notaron los vecinos ni lo supo mi padre, que sólo mantenía contacto eventual una vez al mes cuando ensobraba el salario de su amigo y lo enviaba a su propio domicilio por correo privado, a nombre del cuidador. Jamás se había preocupado de constatar la recepción ni de controlar que se cumpliesen las tareas por las que pagaba. La oficina era la excusa para mantener vivo algo mucho más importante: su amigo. Al darle la tarea de limpiarla, le aseguraba su sustento, custodiaba su dignidad, todavía podía hacer eso, algo por alguien. Después de la muerte de mi padre y presumo que de su amigo, la oficina permaneció cerrada, ajena al constante movimiento cotidiano del edificio. Pensaba en ello mientras levantaba la persiana, cuando unos pasos, las voces de una conversación animada me obligaron a darme vuelta hacia la puerta.

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